La mentira que nos rodea. Capítulo primero

por | Dic 14, 2025 | Artículos de interés, Desinformación | 0 Comentarios

 

Todos mentimos. Sí, usted querido lector, usted también ha sido, es o será un mentiroso. Y es así porque la mentira es tan antigua como nosotros mismos, nos acompaña e incluso me atrevería a decir que es uno de los síntomas característicos de nuestra inteligencia. En algún momento remoto alguno de nuestros antepasados fue capaz de darse cuenta de que, si falseaba de alguna manera un hecho, podría obtener un beneficio. Mentir forma parte del mismo tejido del lenguaje, no como un defecto, sino como algo inevitable. Decir “todo está bien” cuando no lo está, exagerar una hazaña, callar un detalle que podría herir  sensibilidades, inventar una historia para proteger a otro o para embellecer el relato de uno mismo: todos estos actos revelan una misma capacidad, la de modelar la realidad con palabras, la de distorsionar el mundo para adaptarlo a un propósito emocional o social. Mentir, en cierto sentido, no es únicamente un acto moral; es también una función cognitiva, una herramienta evolutiva que nos ha permitido sobrevivir, construir vínculos y, en ocasiones, protegernos del dolor.

Pero no toda mentira tiene el mismo peso, ni todas nacen de la misma intención. Existe una zona intermedia —una frontera difusa— entre la mentira como gesto humano de adaptación y la mentira como  manipulación deliberada. ¿Dónde comienza la una y termina la otra? Esa frontera, tan discutida como invisible, es la línea roja que separa la mentira útil, protectora o incluso creativa, de la mentira destructora, que anula al otro como sujeto libre y lo convierte en objeto de control. Lejos de mi intención está plantear la pregunta sobre si mentir está bien o mal, sino hasta qué punto la mentira puede seguir siendo una herramienta legítima de comunicación antes de convertirse en abuso. La respuesta no es sencilla, porque hablar de mentiras implica hablar de poder, de emociones, de lenguaje y de ética, todo al mismo tiempo.

La capacidad de abstraer, simbolizar y narrar está en el corazón del pensamiento humano. Cuando un niño inventa una historia o finge que un palo es una espada, está practicando una forma primitiva de mentira: está sustituyendo una realidad por otra en beneficio del juego, de la creación o de la exploración. Esta dimensión lúdica de la mentira no es mala, es lo que permite la ficción, el arte al fin y al cabo. Así que, en su raíz, la mentira no es un acto moralmente torcido, sino una consecuencia natural de la capacidad simbólica. Lo que introduce el conflicto ético es su contexto. Una mentira dicha en un cuento o en un escenario teatral no  hiere; una mentira en una negociación política, empresarial o en una relación personal puede cambiar destinos. Por tanto, el dilema no está en el acto de mentir en sí, sino en su intención y en su efecto. Podría decirse que mentir es, en parte, domesticar la realidad. Y toda domesticación implica un riesgo de abuso. Cuando esa domesticación sirve para ordenar el caos de nuestras experiencias cotidianas el resultado puede ser positivo; cuando se usa para distorsionar las percepciones del otro o imponerle una versión interesada de la realidad sin su consentimiento, se convierte en manipulación inadmisible que puede conducir a caminos muy oscuros (y la historia está llena de trágicos ejemplos).

He iniciado con este artículo un pequeño viaje por la mentira. Ese concepto tan familiar que nos rodea y que, hoy en día, se diluye de tal manera que nos hace difícil reconocer su rostro porque tiene muchos; fake news, desinformación, manipulación, cambio de opinión y algunas expresiones más o menos creativas que, en el fondo, significan lo mismo: Mentir. Amigo lector, si quiere acompañarme, vayamos juntos al segundo capítulo.

 

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