¿Por qué hoy en día no se le da valor a la verdad?

por | Oct 4, 2026 | Artículos de interés, Desinformación | 0 Comentarios

 

Soy padre de un hijo adolescente que esta semana, mientras cenábamos viendo un informativo en televisión, me preguntó al escuchar las declaraciones de un político. Me preguntó el motivo por el cual ese político estaba mintiendo. Me quedé sorprendido porque, aunque mi hijo se interesa por la actualidad, nunca había sido tan directo con una pregunta. Intenté darle una respuesta sencilla: Miente porque con esa mentira defiende una posición de la cual quiere sacar ventaja, ya sea sobre el tema a debate o, a la larga, ante una posibles elecciones en las que quiere que ese mensaje llegué a sus potenciales votantes. Mi hijo se quedó mirándome y me preguntó: ¿Y la gente se cree todo lo que dice, por qué? Menuda preguntita que me hizo el chaval. Estuvimos charlando un rato al respecto. No sé si le dejé muy convencido pero me dio por pensar un poco para escribir en el blog ¿Por qué hoy en día no se le da valor a la verdad?

Eso de que “no se le da valor a la verdad” no significa que la verdad haya desaparecido o que no tenga el mismo valor. Siempre existirá la verdad y la mentira, lo que se ajusta a la realidad y se puede demostrar y lo que no. Creo que la verdad es parte de nuestra cultura, de nuestra forma de vivir y, en estos momentos de nuestras vidas, compite en desventaja frente a otros conceptos como el déficit de atención, la manipulación y la desinformación, la infoxicación o las alteraciones de la conveniencia y poder que predominan en nuestra vida cotidiana. Entonces ¿estamos siendo engañados?

No, pero también sí. Evidentemente cada uno tenemos una responsabilidad que es, como ya decían nuestras madres, no creer a los extraños. O dicho de otra forma, intentemos buscar la forma de contrastar aquello que nos dicen y más aun cuando ese mensaje pueda afectar a nuestra vida personal o profesional. y, por otra parte, siempre va a haber personas, comunidades o instituciones que busquen transmitir determinados mensajes en su beneficio manipulando la realidad para conseguir lo que se proponen. Esto es tan viejo como el ser humano y tan complejo, también. Y los que pretenden retorcer la realidad en su beneficio, antes y ahora, son profundos conocedores de las herramientas disponibles en cada momento. ¿Qué afecta entonces a la verdad?

Me da que me va a quedar un artículo largo… A ver, muchas cosas afectan a la percepción de un mensaje pero a mi entender todo se construye sobre la base de las emociones que controlan al ser humano. Para ganarnos a alguien debemos buscar la manera de hacer crecer sentimientos. ¿Y eso cómo se puede conseguir?

Pues se consigue de múltiples maneras y llegando con nuestro mensaje por diferentes soportes. Aunque quizá no sea lo más importante si podemos decir que es lo más actual, las plataformas digitales (las redes sociales). Por el funcionamiento de su algoritmo premian lo viral, lo emocional y lo polarizante, no lo veraz. Y no es que sea algo especialmente intencionado, sencillamente los algoritmos no distinguen verdad de falsedad, sino contenido rentable para la atención, lo que, lógicamente, favorece titulares sensacionalistas, simplificaciones y narrativas que confirman prejuicios. Buscamos cosas que nos interesan por nuestra forma de pensar y los algoritmos nos machacan con ello.

Si recordamos lo dicho sobre sentimientos. Fijémonos que en los debates públicos, los vence quien logra construir el mensaje más eficaz logrando reforzar las identidades y creencias de su audiencia (nunca despreciemos a nuestro viejo amigo, el sesgo de confirmación). No suele ser vencedor el que únicamente presenta los datos mejor contrastados. La verdad, muchas veces resulta incomoda porque nos obliga a revisar nuestras ideas, nuestras certezas y asumir responsabilidades. Si el mensaje nos confirma en nuestras ideas con una narrativa cómoda, generará adhesión inmediata. Mirarse al espejo y dudar de nuestras ideas… no es nuestro fuerte.

Sufrimos infoxicación, abundancia de información que no garantiza conocimiento; muy frecuentemente produce el efecto contrario. Somos vagos, y un tsunami informativo constante agota y erosiona nuestras ganas de verificar, el contrastar y dar el contexto adecuado a un mensaje. Y eso son factores esenciales para sostener la verdad. La pereza, además de un pecado capital, es nuestro talón de Aquiles y, si le unes el anterior argumento… tienes hecho el pastel.

La credibilidad, otro concepto que cotiza a la baja. Cuando medios de comunicación, políticos o expertos son percibidos como parciales, activistas o mercenarios (o se trata de hacernos ver que lo son porque la batalla en eso es constante), la confianza va desapareciendo.  La credibilidad no se pierde de golpe: se erosiona paulatinamente. Se erosiona cuando mezclamos información veraz con opinión o «línea editorial» que se pretende hacer pasar por información veraz confundiendo el hecho informativo con militancia o intereses corporativos (que las empresas tampoco son ajenas a este tipo de estrategias).

No olvidemos que también, por naturaleza, tendemos a ser individualistas, de manera que muchas personas se conforman con su propia verdad subjetiva y evitan el diálogo crítico (somos una mezcla entre Juan Palomo y el cuñao). Esto alimenta un clima de sospecha donde afirmar que algo es verdad puede interpretarse como imposición. De eso vivimos hoy en día todo, y más: Conmigo o contra mí. Polarizar una sociedad facilita que los mensajes se dirijan y sean aceptados por audiencias cada vez más atrincheradas y menos flexibles.

Y no sigo porque este texto se haría interminable. Solamente quiero hacer ver que vivimos rodeados de información falsa, tergiversada por intenciones concretas y, ser conscientes de eso y de cómo funciona ese mecanismo de manipulación, nos hace personas más libres. Y no estoy diciendo que nos fortifiquemos en nuestras ideas haciéndolas impermeables (que ya he dicho antes que es nocivo), todo lo contrario, es fundamental reflexionar sobre nuestras ideas y no dar nada por sentado ya que esa, a mi entender, es la mejor forma de obtener un crecimiento intelectual. Históricamente, los poderes han dependido más de configurar e imponer sus mensajes que de defender la verdad. La verdad sigue siendo incómoda para todos los poderes ya que les pone frente a contradicciones y les obliga a rendir cuentas. Pero también para nosotros, la sociedad porque, como he comentado, nos rompe certezas y nos hace cuestionar nuestras filiaciones. ¿Qué se pierde cuando la verdad deja de ser algo central en nuestras vidas?

Cuando olvidamos el valor de la verdad el diálogo público pierde valor, se pierde la confianza y la convivencia se dificulta. Sin la verdad, la calidad de las decisiones, todas, de debilita y se llevan a cabo bajo la influencia de terceros y, para mí algo fundamental, igualamos opinión con evidencia, y, de esa manera, el criterio de los expertos queda diluido en el ruido empobreciendo el debate público cada vez más. En síntesis, la verdad no ha desaparecido, pero su valor está siendo desplazado por estrategias que dan valor a narrativas emocionales, la conveniencia y la atención rápida e irreflexiva.

 

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