Aquí estamos de nuevo charlando sobre la desinformación. Hemos dado un largo paseo por múltiples puntos de vista, hemos constatado la complejidad del fenómeno que nos ocupa, pero no creo que hayamos sido capaces de responder a la principal pregunta que da título a esta saga de artículos en este blog. Y el problema lo tenemos delante, es el famoso elefante en la habitación. En este par de meses que he estado compartiendo estos artículos, el tema ha seguido con más fuerza en el candelero, quizá más que nunca siendo tema de debate ya no solamente en nuestro país sino en boca de líderes internacionales y, la dichosa desinformación, ha sido utilizada con el más absoluto descaro ayudando a generar una tensión geopolítica como no veíamos hace muchos años.

La realidad es un muro que tenemos delante y nos cierra el camino. El 75% de los jóvenes residentes en la Unión Europea creen que han estado expuestos, con mayor o menor intensidad, a desinformación en la última semana. Estos son los datos que ofrece la Encuesta sobre Juventud del último Eurobarómetro, publicada por el Parlamento Europeo. Son opiniones de jóvenes entre 16 y 30 años de los 27 estados miembros y nos muestra la evidencia que la mayor parte de ese colectivo reconoce tratar habitualmente con desinformación.
¿Quizá nos queda refugiarnos en el concepto de moda, la inteligencia artificial? No dejamos de escuchar hablar de la IA, la inteligencia artificial, como la nueva revolución que llega para cambiar el mundo montada en un bello corcel, vistiendo reluciente armadura como imaginamos a un caballero de la tabla redonda en Camelot (trato brevemente el asunto en la Revista Ejecutivos). ¿Es la solución para la desinformación? ¿Podemos identificar patrones que nos permitan detectar los dichosos bulos y disponer de una especie de detergente que blanquee la conversación pública? Gracias a estas tecnologías es posible desarrollar herramientas que hagan más sencilla la labor de los, parece en vías de extinción, fact-checkers, pudiendo contrastar más información en menos tiempo. Aunque, aun así, por ahora, no soy demasiado optimista en este sentido por infinidad de motivos. La cantidad de información para comprobar es un verdadero océano; los avances de la IA vienen, en un alto porcentaje, de las mismas empresas que ya están involucradas en las estructuras actuales que forman parte del problema; ese tipo de sistemas ya existen y, de momento, no se perciben muchos resultados y, en último lugar, porque cualquier tecnología se usa también para el mal y, cierto es, las posibilidades de la IA en la desinformación son espeluznantes. Como en una guerra fría, desplegamos las mismas armas en ambos lados del campo de batalla manteniendo la situación de tablas. El tiempo dirá.
Y es que en la vida todo termina convirtiéndose en rutina y el ser humano termina interiorizando las circunstancias como parte de su cotidianeidad. Es un sistema de defensa que tiene doble filo porque nos impulsa, sibilinamente, hacia la resignación y eso es algo muy negativo. Estamos aceptando la mentira como concepto admisible, quitándole hierro, buscando excusas y resbalando, poco a poco, por un plano inclinado que nos acostumbra a dudar de todo y de todos, que nos empuja a tener que tomar partido, a pertenecer a un bando, a agarrarnos a aquello que nos suena mejor dejándonos llevar por los sesgos de confirmación y terminamos aceptando nuestro rol como conejillos de indias o víctimas de algo que está por encima de nuestra capacidad de control. ¿En serio es esto lo que queremos? Yo al menos me niego a ello.
Tenemos una responsabilidad individual como ciudadanos. Como decía en el anterior episodio, no podemos vivir en la irresponsabilidad compartida y es nuestra obligación tomar conciencia e intentar mantener dos cosas básicas: sentido común y sentido crítico. No podemos evitar recibir información falsa por múltiples canales, en eso estamos todos de acuerdo. Pero podemos parar y pensar un poco más, evaluar los orígenes de la información y, sobre todo, la intencionalidad de la misma. Si vemos que son temas de calado, buscar otras fuentes que sirvan para contrastar esos datos. No poner al mismo nivel todas las fuentes por mucho que tengamos aprecio a nuestro cuñado, a ese “influencer” que desvela exclusivas explosivas en sus canales online que nadie más nos cuenta (recordemos, por favor, que la tierra no es plana), o incluso a ese partido político al que tanto hemos votado. Y debemos hacer esas reflexiones antes de lanzarnos a compartir esas informaciones y pasar a formar parte de la cadena necesaria de la difusión de la desinformación. Sé que no es algo sencillo lo que estoy diciendo, pero creo que la situación actual que vivimos globalmente solamente puede cambiar si las sociedades tomamos conciencia y decimos basta. Y esto no es cambiar una red social por otra (en la que haya mayoría de gente que piense como nosotros, una especie de gueto en el que me encuentro más cómodo) pensando que eso ya cambia nuestras vidas sin pensar que los comportamientos equivocados viajan en nuestras mochilas, no hay buenos y malos, no existen las posiciones absolutas de superioridad moral ni los dogmas de fe inmutables. Insisto, sentido común y sentido crítico. Pero, y es fundamental, para aplicarlos en nuestras vidas y, también, para exigirlo en aquellos que son fuentes de información. Y si llevamos estos conceptos a la práctica, sería de vital importancia educar a las nuevas generaciones sobre un fenómeno que afecta directamente a sus vidas y a su futuro. Si enseñamos a los niños a mirar antes de cruzar una calle o a no aceptar caramelos de extraños, ¿por qué no introducir, seriamente y de manera gradual, los peligros de la desinformación en su educación?
Pero, vamos a ver, entonces ¿Quién es el responsable de la información? Solamente tengo una respuesta:
Debemos entender y aceptar el compromiso de empezar a serlo todos y cada uno de nosotros.
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