Cinco años no hacen una era, pero sí bastan para tomar el pulso a una transformación. Desde 2020, la economía española ha pasado del shock del confinamiento a cifras de crecimiento que lideran la zona euro. Tras el desplome del PIB en 2020 (−10,8 %), España inició un repunte económico que, aunque desigual por sectores, ha mostrado cierta solidez. Como informa el INE, el crecimiento de 2024 se consolidó en un 3,2 %, con perspectivas que se moderan al 2,7 % para 2025, según el Banco de España.
El empuje del turismo, la inversión en digitalización y una demanda interna resiliente han tenido su peso. De otro lado, la inflación, los tipos de interés y el contexto geopolítico han devuelto dudas. Y, si bien nuestra economía mantiene un diferencial competitivo, también arrastra vulnerabilidades estructurales. Pero no seré yo quien se pare a desarrollar estos aspectos. Me interesa poner la lupa en el hecho de que este período ha servido también como espejo: ha mostrado qué modelos de negocio eran más frágiles, cuáles fueron capaces de pivotar con inteligencia, y dónde residían las verdaderas ventajas competitivas. Hoy, hablar de competitividad implica hablar de tecnología, pero también de escucha social, de cultura, de experiencia de cliente y de reputación.
En aquel golpe inaugural del lustro, la red empresarial española demostró una capacidad de reacción interesante. Desde los comercios más pequeños hasta las grandes corporaciones, todos se vieron obligados a aggionarse, a acelerar procesos que venían latentes y a adoptar tecnologías que, quizá de otro modo, hubieran tardado años en consolidarse. Este es uno de los signos que, a mi modo de ver, ha caracterizado a la economía de nuestro país durante el último quinquenio.
Con el respeto que merece un empresario que arriesga su capital y dedica una vida a cualquier negocio; es obvio es que los tiempos cambian, queramos o no, y los modelos quedan obsoletos, por muy rentables que fueran años atrás. Esto es así. La compañía o se adapta y evoluciona o pierde tiempo y dinero, muere y se acabó. Las pymes, particularmente, protagonizaron una transformación silenciosa al tiempo que decisiva. En muy poco tiempo, se vieron obligadas a acelerar la adopción de tecnologías, automatizar procesos y operar en entornos digitales con una agilidad inédita. Sin duda, esto fue mucho más que incorporar el teletrabajo o abrir un canal de e-commerce: hablamos de una optimización de recursos y una gestión profesionalizada que ha permitido ganar tracción competitiva.
En los balances macroeconómicos, las pymes suelen agruparse como un bloque uniforme, pero en la práctica funcionan como un ecosistema vivo, diverso y profundamente estratégico. En rigor, representan más del 99 % del tejido productivo y generan seis de cada diez puestos de trabajo. Gracias a su capacidad de detectar nichos con rapidez y a una voluntad constante de reinventarse, muchas han pasado de operar en mercados de proximidad a participar, con diferencia, en entornos globales. Vivimos en una economía de cambio permanente, donde las empresas no pueden conformarse con tener un buen producto o servicio: necesitan agilidad, escucha, propósito y, sobre todo, una narrativa que las conecte con su “aquí y ahora”. Si algo nos enseñó esta etapa es que adaptarse una vez no alcanza.
Según el último Barómetro de Consumo del Observatorio Cetelem, la percepción económica de los españoles muestra un creciente optimismo sobre la evolución de la situación en los próximos 12 meses. En mayo, el 29,4 % de los encuestados consideró que la economía mejorará, lo que representa un crecimiento de 12 puntos en comparación con mayo de 2024. Por otro lado, el porcentaje de quienes creen que empeorará ha descendido hasta el 25,9 %. En tanto, el 44,7 % opina que se mantendrá estable.
Cinco años han sido un verdadero acelerador de cambios. Detrás de los indicadores, lo que se ha puesto en juego una vez más es la comunicación: la forma en que el país se ha narrado a sí mismo y ha proyectado su modelo productivo. Tanto en tiempos corrientes como en tiempos convulsos, las empresas que prosperan no son necesariamente las más grandes, sino las más conectadas con su tiempo, con sus audiencias, con sus equipos y con los valores que importan.
En este sentido, el futuro exigirá algo más que buenos datos o inversión en inteligencia artificial (algo fundamental, desde luego). Reclamará lucidez para interpretar los hechos, sabiendo que la sociedad no recompensará a aquellos que esperen certezas sino a quienes se atrevan a liderar, incluso ante la escasez de garantías.
Artículo publicado originalmente por revista Corporate julio 2025
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