Pues como todo en la vida, depende de muchas cosas. Pero, la polarización suele presentarse, con bastante consenso, como uno de los grandes males de nuestro tiempo (y de tiempos pasados para los que tengan memoria de la asignatura de historia en el colegio) y, todo hay que reconocerlo, es una de las palabras más manoseadas de los últimos años. Y es que la polarización divide conversaciones, endurece las posturas de los colectivos y convierte casi cualquier asunto en un enfrentamiento entre “los nuestros” y “los otros”, una especie de pelea de gallos constante. Sin embargo, desde el punto de vista de la comunicación, una sociedad muy polarizada también puede ofrecer ciertas ventajas. Aunque, siempre desde la miopía del egoísmo y los intereses partidistas teniendo en cuenta que, eso sí, son ventajas de corto plazo y con un riesgo elevado.
En un entorno polarizado como en el que vivimos, los mensajes tienden a ser más visibles. Cuando una cuestión se reduce a dos posiciones enfrentadas, resulta más fácil entenderla, recordarla y comentarla. Todo quiere convertirse en blanco o negro, no hay términos medios. La confrontación simplifica la realidad y capta la atención de forma fácil e inmediata. Es decir, simplifica las cosas al máximo. A eso, debemos añadir que los medios de comunicación (también polarizados en líneas generales) y las redes sociales suelen favorecer los contenidos emocionales y conflictivos por diferentes motivos, unos por sus líneas editoriales y en la búsqueda de fidelizar sus audiencias y, los otros, porque los algoritmos buscan darnos siempre lo que queremos (si miras videos de gatitos, seguirás viendo videos de gatitos). Un mensaje que despierta indignación, entusiasmo o defensa identitaria tiene más posibilidades de circular que otro más matizado, aunque este último sea más riguroso o aporte datos concretos. Las emociones, las pasiones, mandan más que los mensajes intelectuales basados en un razonamiento analítico, obviamente. Pasión contra razón, desigual combate.
La polarización no solo aumenta la atención: también activa a las personas. Quien se siente identificado con una causa comenta, comparte, firma, dona, acude a una manifestación o defiende públicamente su posición. Para el que fomenta la polarización, esto puede traducirse en mayor participación y en una base de apoyo más movilizada. El mensaje deja de ser simplemente información y se convierte en una señal de pertenencia. Eso de sentirse identificado y parte de algo, pone mucho (el ser humano es un animal gregario). Otra ventaja de la polarización es la posibilidad de dirigir mensajes con gran precisión a públicos concretos. Cada colectivo tiene sus características y estamos bien catalogados. En un contexto polarizado, adaptar el discurso a cada segmento puede resultar especialmente sencillo y eficaz. Esto explica por qué algunos mensajes logran movilizar rápidamente a sus comunidades. No necesitan convencer a todo el mundo: les basta con activar a quienes ya comparten sus valores. Es como animar a una grada de hinchas fanáticos de un equipo de futbol.
Estas ventajas, sin embargo, tienen un límite claro. La polarización extrema puede dar alcance, emoción y participación, pero rara vez genera confianza duradera. Al contrario, suele reducir el espacio del diálogo, dificultar los consensos y convertir cualquier mensaje en objeto de sospecha. Eso sin hablar del peligro que conlleva que una sociedad polarizada en extremo termine ocasionando desgracias de cualquier tipo incluyendo tumultos e incluso agresiones. Y si a esta ensalada le añadimos la sal y pimienta de la desinformación, la hemos terminado de liar. En definitiva, si bien una sociedad extremadamente polarizada puede facilitar que un mensaje se escuche más alto e incluso haga cerrar filas a un grupo social o político aumentando su sensación de pertenencia, quizá no tanto por amor a lo propio como por odio a lo ajeno, no nos garantiza que sea ningún mensaje mejor comprendido ni que genere más confianza. Es todo lo contrario, la polarización aumenta finalmente la desconfianza, disminuye el dialogo y lleva al enfrentamiento constante que es lo contrario al progreso. Recordemos un refrán, a rio revuelto, ganancia de pescadores.
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