La mentira que nos rodea. Capítulo segundo

por | Dic 14, 2025 | Artículos de interés, Desinformación | 0 Comentarios

 

Seguimos nuestro mentiroso camino. Curiosamente, las sociedades no podrían funcionar sin cierto grado de mentira. Decir siempre la verdad, en toda su crudeza, haría imposible la convivencia. La cortesía, la diplomacia, el disimulo, la sensación de seguridad: todos se sostienen en pequeñas omisiones o adornos que suavizan la interacción. El filósofo Emmanuel Kant sostenía que mentir era siempre moralmente reprochable porque implicaba tratar a los demás como medios y no como fines. Sin embargo, el pensamiento contemporáneo tiende a matizar esa rigidez: no toda mentira cosifica al otro; algunas lo cuidan, lo protegen o lo respetan. Por ejemplo, cuando alguien dice “no pasa nada” ante una ofensa leve para evitar una confrontación mayor, está eligiendo el bienestar conjunto sobre la pura transparencia. Esa mentira, si bien altera la verdad factual, mantiene la armonía social.

En cambio, cuando una persona miente para manipular emocionalmente a otra, cuando oculta información para obtener, egoístamente, poder o sometimiento, la mentira se vuelve un instrumento de dominio. La diferencia esencial está en el equilibrio entre el yo y el otro: una mentira ética todavía reconoce la libertad ajena; una mentira manipuladora la anula. La psicología social muestra que los seres humanos mienten varias veces al día, la mayoría sin intención maliciosa. Mentimos por cortesía, por pudor, por inseguridad o por compasión. El problema aparece cuando el hábito de mentir se vuelve un sistema de relación y no un recurso ocasional. Entonces, el lenguaje deja de ser un puente y se transforma en una trampa. Pero seamos muy sinceros. Aceptar la mentira como herramienta no significa celebrarla indiscriminadamente. Toda herramienta tiene límites. Un arma puede salvar o destruir vidas, según quién la empuñe y por qué causa lo haga. Lo mismo ocurre con la palabra. El límite moral de la mentira podría definirse como el punto en que esta produce una pérdida injusta de  autonomía en otro ser humano. Una mentira es funcional mientras su propósito sea evitar un daño sin provocar un daño mayor; se vuelve inmoral cuando genera dependencia, sometimiento o confusión deliberadamente, eso que hoy tendemos a denominar “desinformación”.

La manipulación es, esencialmente, la mentira sin respeto. Se sostiene en la explotación calculada de la confianza ajena. El manipulador no busca el bienestar conjunto ni el cuidado del otro, sino un resultado utilitario que sirva a su interés. En ese acto, la mentira deja de ser comunicación y se convierte en la planificación del control. La línea roja, entonces, podría situarse en el consentimiento. Una mentira que no interrumpe la capacidad del otro de decidir sigue siendo parte del juego humano; una mentira que le priva de ese poder supera el límite ético. El problema es que esa frontera no siempre se percibe fácilmente. Las sociedades modernas, con los lenguajes publicitarios y los algoritmos digitales, han sofisticado tanto la manipulación que la mentira cotidiana se confunde con la persuasión legítima. Basta observar la comunicación política o comercial para comprender hasta qué punto la mentira se ha institucionalizado. Se diseñan mensajes que apelan más a la emoción que al razonamiento, que conducen la atención hacia ciertos marcos de interpretación y nos alejan de otros. No se trata ya de falsificar hechos, sino de moldear percepciones. En esa zona gris, donde lo falso y lo verdadero se entrelazan, la manipulación constante se disfraza de narrativa convincente. Y he aquí otro gran peligro al que estamos sometidos en nuestros días y que la filósofa Hannah Arendt describe perfectamente en uno de sus pensamientos más conocidos: “Mentir constantemente no tiene como objetivo hacer que la gente crea una mentira, sino garantizar que nadie crea en nada. Un pueblo que ya no distingue entre la verdad y la mentira no puede distinguir entre el bien y el mal: un pueblo privado del poder de pensar”. Terroríficamente actual y horriblemente cierto.

¿Continuamos el camino?

 

 

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