No contrastada, no verificada ¿pero quién necesita pruebas?

por | Dic 10, 2024 | Artículos de interés, Desinformación | 2 Comentarios

Hablar del caso de Orson Welles y su famosa emisión de La guerra de los mundos en 1938 puede parecer un cliché en el campo de la comunicación -uno ya sobradamente familiar para estudiantes y veteranos de la disciplina- pero sigue siendo un ejemplo pertinente para poner de relieve el impacto de las noticias y la desinformación en nuestras sociedades. Recordémoslo brevemente: aquella noche de Halloween, miles de radio oyentes estadounidenses se sumieron en el pánico al creer que estaban siendo testigos de una invasión extraterrestre en tiempo real y a pesar de que se había advertido que se  trataba de una adaptación dramatizada de la novela de ciencia ficción de H.G. Wells. La presentación en formato de interrupciones, imitando boletines de última hora, creó una atmósfera de urgencia y credibilidad tan envolvente que la audiencia acólita asumió la veracidad del relato.

Este episodio es un sencillo recordatorio de que la desinformación no es un fenómeno contemporáneo, sino una tendencia histórica propia de la civilización y la comunicación de masas. En aquel momento, Welles consiguió tal efecto, en parte, porque apeló a una cuestión universal: el miedo a lo desconocido y la necesidad humana de creer en algo extraordinario. Hoy lo llamaríamos sesgo de confirmación: solemos dar crédito a las historias que se alinean con nuestras creencias,  emociones y contextos, incluso cuando los elementos lógicos apuntan en otra dirección. Ya sabéis que se nos ha hecho una insana costumbre lo de llevar la razón más que comprender o dudar… 

La transmisión reveló lo fácil que es influir en la opinión pública. En tiempos en los que los contenidos engañosos han alcanzado niveles altísimos de sofisticación, nuestra adhesión a aquellos que más nos atraen sigue siendo tan fuerte como en el siglo pasado. Sin embargo, el desafío se ha amplificado. En aquel entonces, el alcance de la desinformación se limitaba a la cobertura de la radio o la prensa; en la actualidad, con la proliferación de herramientas digitales y, sobre todo, con el poder de la inteligencia artificial, nos enfrentamos un nuevo y vertiginoso capítulo, porque ahora la desinformación cuenta con artilugios más poderosos para expandirse y perfeccionarse mientras que la regulación va a un ritmo más lento que la tecnología. Ningún ámbito informativo parece resguardado de bulos y otros embustes.

La tiranía de los números que en ocasiones rige las redacciones recompensa a los contenidos que generan más views, impulsando la producción viral en detrimento de cualquier otro factor. Este mismo principio se aplica a los algoritmos de inteligencia artificial generativa, que se entrenan con grandes volúmenes de datos extraídos de internet. Si estos sistemas se alimentan de mentiras, sus outputs -como los textos generados por plataformas como ChatGPT- pueden contener datos falsos y, a menudo, ser tan convincentes como la información verificada.

En este sentido, el Informe de Riesgos Globales 2024 del Foro Económico Mundial ha lanzado una advertencia que es preocupante: la desinformación y el flujo incesante de información errónea no solo son amenazas serias, sino que lo seguirán siendo en los próximos años. Para poner esto en perspectiva, en el epicentro de estas ideas se encuentra la inteligencia artificial como un arma de doble filo. La proliferación de deep fakes, por ejemplo, hace que cada vez sea más complicado diferenciar lo real de lo ficticio. ¿De qué nos sirve estar expuestos a una variedad de fuentes y plataformas si no somos capaces de distinguir lo que es relevante o, lo que es peor aún, lo falso de lo cierto? Pienso en aquella frase de Chomsky: «¿Cómo es que tenemos tanta información, pero sabemos tan poco?». 

No todo está perdido

El panorama es menos sombrío de lo que imaginamos. De acuerdo con una encuesta de Statista, el 89 % de la población de la Unión Europea reconoce haber estado expuesta a noticias falsas o desinformación, es decir que se tiene consciencia al respecto. Por su lado, el estudio Global Views on A.I. and disinformation – Perception of Disinformation de Ipsos, señala que el 74 % de la población mundial reconoce que la inteligencia artificial facilita la creación de informaciones e imágenes falsas de una manera sorprendentemente realista. En España, esta preocupación alcanza niveles aún más altos, con 8 de cada 10 personas coincidiendo en esta percepción, lo que posiciona al país como el líder europeo en cuanto a conocimiento sobre los riesgos de la desinformación generada por IA.

Aunque paradójica, la buena noticia es que existen ya diversas iniciativas que aplican la IA para detectar y combatir las noticias falsas, aprovechando su capacidad para analizar patrones, examinar el uso del lenguaje y entender el contexto de la información. Estos sistemas permiten identificar contenidos manipulados y verificar la veracidad de las noticias con precisión. Parece que, al final, la IA será parte importante en la solución de la cuestión que ella misma ha potenciado.

Una tarea para la profesión

La digitalización de los medios ha traído consigo ventajas innegables, pero también ha abierto la puerta a nuevas sombras: fake news, clickbait, sensacionalismo, solidificación de sesgos, desafección. Filtros y hashtags convierten verdades a medias en relatos completos, y las patrañas y artimañas se fagocitan en un ecosistema que crece con virulencia. En este marco, el interés desmesurado por ciertos temas y la falta de conocimiento profundo crea condiciones atractivas para que los creadores y repetidores de informaciones falsas se aprovechen y, en esa empresa, el periodismo pierda credibilidad día a día (muchas veces, reconozcámoslo, con su propia colaboración). 

Precisamente por todo esto, los profesionales de la comunicación, periodistas y medios tenemos ante nosotros la oportunidad de tomar estos acontecimientos como punto de inflexión para recuperar la reputación y el papel esencial de la labor periodística. Los medios pueden -y deben- actuar poniendo un coto frente a la ola de desinformación y manipulación que amenaza la calidad del dato. ¿Seremos capaces de remediarlo y avanzar hacia una ética informativa que resista la seducción de lo banal o lo viral, que no se pliegue fácilmente a las necesidades de negocio para lograr cuadrar la cuenta de resultados y que se mantenga firme en la búsqueda de la verdad? Volver a las bases y redescubrir la razón de ser de este oficio es más necesario que nunca. Quizá, en fin, peco de cierta dosis de ingenuidad. 

La IA desafía mucho más que el acceso a la información porque plantea un dilema ético fundamental sobre el control de la información, la narrativa y la autonomía para formar juicios informados. Si dependemos cada vez más de algoritmos que deciden qué contenidos nos llegan y cómo se presentan, nos encontramos ante el riesgo de que nuestra capacidad para pensar y tomar decisiones se erosione por sesgos invisibles e intereses externos. Nuestra autonomía desaparece puesto que nos sustraen la capacidad de decidir voluntariamente nuestra información. Y el desafío se vuelve todavía más complejo cuando se tiene en cuenta que quienes controlan estas tecnologías tienen la capacidad de moldear la realidad colectiva a gran escala, desde influir en las elecciones políticas hasta alterar percepciones sociales. Pero esto es motivo de otro artículo. 

Hablar del futuro siempre es arriesgado, aunque al mismo tiempo sirve para poner muchas ideas en orden. La pregunta de fondo es ética. Quién tiene el poder de definir la «verdad» en un mundo gobernado por algoritmos, y cómo podemos garantizar que estos sistemas operen con transparencia y responsabilidad. El reto es mayúsculo, pero no insuperable. Será nuestro poder de discernir, reflexionar y actuar con responsabilidad lo que determine si somos capaces de restaurar la confianza en la información y, por tanto, en nosotros mismos. 

Like (1)

2 Comentarios

  1. Querido amigo! «Entre líneas» tendrá el éxito del anterior blog. Ya sabes que, de entre todas las herramientas online, el blog es para mí la más útil y en donde el usuario tiene el control total de lo que dice.

    En cuanto a la desinformación, ése es el Gran Tema. A mí me viene preocupando desde hace tiempo. Y creo que los profesionales de la comunicación corporativa tenemos mucho que decir. Para que estemos enlazados como siempre te dejo la url del post que escribí en su día:

    https://comunicacion.molinacanabate.com/comunicacion-corporativa-fake-news/

    Un fortísimo abrazo, como siempre

    Responder
    • Muchas gracias Juan Pedro por tus palabras. Los años han pasado y los blogs siguen marcando nuestra amistad. No sé si este renacimiento tendrá el peso que tuvo su antecesor (que todavía sigue ahí congelado en el tiempo), pero me apetece escribir sobre nuestro oficio. El mundo ha cambiado y ocurren muchas cosas que merecen ser contadas, analizadas e incluso diseccionadas. Pero hay que hacerlo de forma más pausada (y tomando un café si es preciso). La desinformación ha existido siempre pero ahora parece el signo de los tiempos. Al menos tiene cuerpo de haber practicado crossfit y la tenemos encima excepcionalmente en forma. Hay mucho que decir de ella y hay que decirlo desde el sentido crítico y sin las actuales calenturas atrincheradas que enturbian cualquier discurso. Y un blog, aunque suene pasado de moda, me parece un buen lugar para ello.

      Responder

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Categorías

Últimas entradas relacionadas

Ir al contenido
Comunicación Corporativa

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.
Tienes toda la información sobre privacidad, y derecho legales en nuestra página de privacidad.