Érase una vez un país que no sabía tener televisiones públicas

por | Sep 4, 2018 | Espacio de opinión | 0 Comentarios

Érase una vez un país de tamaño medio, con una demografía preocupante, envejecida y con una geografía dividida en múltiples territorios llamados «autonomías» donde se hablaban muchas lenguas diferentes. Nunca se ponían de acuerdo en nada más que en una cosa: Todos querían tener un gran invento llamado televisión que les permitía entrar en la mayoría de los hogares de sus ciudadanos y contarles historias para que estuvieran formados, informados y entretenidos…

– ¿Eso no era la Radio?

– También, también, pero con esto había además imágenes, como en el cine.

– ¡Ah, vale, perdone!

– No se preocupe, sigo.

Pero esos inventos eran caros y había que dedicar mucho dinero de las arcas públicas para sostener esas televisiones. El dinero llegaba a través de los impuestos que tenían que pagar esos ciudadanos a los que luego les contaban historias. Pero era importante disponer de ese invento tan práctico. Todos se dieron cuenta que, usado adecuadamente, permitía exponer puntos de vista concretos, los suyos, e influir en las decisiones de aquellos ciudadanos. ¡Qué interesante! Entonces merecia la pena gastar mucho dinero y además colocar a las personas adecuadas en esas televisiones para que se hicieran las cosas correctamente y las historias que se contaban a los ciudadanos estuvieran debidamente planificadas y realizadas. Así intentaríamos que los ciudadanos vieran las cosas como las vemos nosotros; les diríamos lo que es bueno o malo, justo o injusto, quién es bueno o malo, quién es justo o injusto, quién es preso político o exiliado o quién es un demócrata y quién no lo es.

– ¡Oiga, discupe de nuevo! ¿Eso no es propaganda?

– ¡No hombre! ¿Qué dice?, es información veraz e independiente

– Ya, pero, habiendo ya televisiones privadas y nacionales, ¿también autonómicas? Entonces las historias serán diferentes si los que tienen las televisiones no son los mismos.

– Exacto, eso es diversidad de opinión y libertad de prensa y expresión ¿Está usted en contra de eso?

– No, no, ¡Dios me libre!

Pero había un problema, todos los que no tenían esas televisiones, pero querían llegar a tenerlas ganando unas elecciones, criticaban el mal uso que se daba al invento: ¡Mentirosos, manipuladores! gritaban. Si nosotros ganamos eso no volverá jamas a ocurrir, contaremos siempre la verdad. Incluso a veces lograban su objetivo, ganaban elecciones y conseguían controlar esas televisiones. ¡Qué buena oportunidad para hacer las cosas diferentes! No, diferentes tenían que ser las historias que se contaban, tenían que ser nuestras historias y no las de los anteriores. Así que, ¡manos a la obra! echemos a las personas que contaban historias y traigamos a otras que cuenten bien las nuestras. ¿Y el dinero para hacerlo? No hay problema, sigue siendo el mismo de antes, siguen pagando los ciudadanos de antes, incluso muchos de ellos lo hacen felices porque las historias que ahora escuchan les gustan más que las anteriores. Total, ¿Qué son 942,7 millones de euros aportados mediante las subvenciones públicas de los distintos gobiernos autonómicos en un año?

– ¡Eh!, perdone otra vez.

– ¿Sí…?

– Se olvida usted de la televisión de todos.

– ¡Mil perdones! Eso son otros 343 millones de euros de nada más.

– ¡Gracias!

– Nada, a mandar.

Y así llevamos con este cuento de nunca acabar décadas, con publicidad en las cadenas públicas, sin ella en la nacional pero todos compitiendo en audiencias con las televisiones comerciales.

– ¿Pero oiga? Si una tele es pública y no tiene publicidad ¿Por qué es esclava del share? ¿No debería tener objetivos distintos a los comerciales?

– Buena pregunta, sí señor, tendrá que hacérsela a los que nos cuentan ahora las historias.

Las historias, ¡ay, las historias! eso es siempre lo más importante. ¡Y colorín colorado, esta vergüenza no se ha terminado!

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